Medio ambiente y felicidad

Los huaicos en Perú están llevándose decenas de vidas por delante

Agua. En exceso o en defecto. En forma de hielo o de tormenta. Benefactora o destructiva. Tremendas imágenes las de un Perú arrollado por lluvias torrenciales y escalofriantes las fotos de un deshielo masivo en los polos –que rompe, una vez más este invierno, el mínimo histórico de superficie helada en el Ártico–. Impactos locales que generan gran sufrimiento en la población y cuantiosas pérdidas económicas. E impactos, también, cuya incidencia va más allá del entorno próximo, convirtiéndose a menudo en el origen de daños ambientales y tensiones económicas y sociales transfronterizas, cada vez con mayor incidencia global en un mundo interdependiente en el que nuestro progreso y bienestar depende de que nuestros vecinos también progresen y prosperen.

«Hay que activar los demás resortes para integrar los límites planetarios en nuestras decisiones como ciudadanos y consumidores, promover la acción local a gran escala, generando la velocidad de cambio que nuestro entorno requiere»

El 2016 se ha saldado con récords consecutivos de temperatura y el 2017 apunta en la misma dirección. Incendios, sequías e inundaciones son fenómenos que muestran la gravedad del cambio que estamos viviendo, consecuencia de una alteración importante del frágil equilibrio químico y físico de nuestro planeta. El 2015 fue un año de esperanza, en el que todos los gobiernos mostraron su firme voluntad de liderar un proceso de cambio en nuestros patrones de desarrollo y bienestar económico. El 2016 ha sido un año tumultuoso y contradictorio en el que actores tan diversos como inversores de largo plazo o alcaldes cobraron fuerza como protagonistas del cambio. El 2017 será el año en el que, por fin, se desacople crecimiento económico y emisiones de gases de efecto invernadero a nivel global, en el que el Reino Unido recupere su nivel de emisiones previo a la revolución industrial, y en el que la energía solar compita frente a las térmicas convencionales, incluso en países pobres productores de carbón como India.

Y, sin embargo, el 2017 es el año en que Trump despierta el fantasma del aislacionismo y la regresión y los europeos celebramos el 60 aniversario del Tratado de Roma sumidos en el desasosiego por nuestro futuro común. No hay tiempo para conformarse con las buenas noticias. Hay que celebrarlas. Y oponerse a lo inaceptable, al mensaje del pasado, al conflicto y la resignación que dibujan algunos. Pero también hay que activar los demás resortes para integrar los límites planetarios en nuestras decisiones como ciudadanos y consumidores, promover la acción local a gran escala, generando la velocidad de cambio que nuestro entorno requiere.

Retos globales y locales

Volvamos a lo fundamental: al uso del suelo y del agua, de la energía y de los recursos; a cómo asegurar el empleo inteligente de las aportaciones técnicas y digitales: un uso eficiente de los recursos que minimice impactos y libere espacio para el bienestar y la inclusión. Retos globales pero también locales: el aire que respiramos, las ‘doñanas’ que merecen ser conservadas; bosques y montes llenos de vida; casas habitables de nulo consumo energético

En la semana de marzo en que celebramos el día de los bosques, el del agua y el de la meteorología, celebramos también –¿casualidad?– el de la felicidad. ¿Un propósito para un año nuevo feliz? Que bosques, agua y clima lleguen a su fiesta del 2018 en mejor estado que en el 2017.

Fuente: El Periódico

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