Las empresas echan un pulso al cambio climático

Numerosas empresas están dispuestas a hacer frente al cambio climático

Si el arco mediterráneo será una de las zonas europeas más afectadas por el cambio climático, los efectos se dejarán notar con especial crudeza en España, un país muy sensible a las sequías, los incendios, las olas de calor o las inundaciones, que podrían agravarse durante los próximos años. Las políticas de adaptación resultan muy importantes para aumentar la resiliencia a los cambios futuros. Y a la hora de implementarlas, las empresas deben asumir un papel protagonista.

Hoy en día, más del 80% de las 500 compañías más grandes del mundo se ha fijado objetivos para reducir emisiones. Geert Paemen, directora de Sostenibilidad y Gestión de Intangibles de Telefónica, resaltó en una mesa redonda que se celebró recientemente en LA RAZÓN lo decisivo que resulta la labor de las empresas en todos los prismas que plantea el reto de la lucha contra el cambio climático. A la cita también asistieron Juan Ramón Silva, director general de Área de Sostenibilidad de Acciona; Álvaro Polo, socio de Estrategia de Accenture; Eduardo González, subdirector general de Coordinación de Acciones frente al Cambio Climático de la Oficina Española de Cambio Climático (OECC); Valentín Porta, cofundador de Going Green; y Jesús Fidel González, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.

Paemen también señaló que la mayoría de esos objetivos son relativos a un indicador de negocio –por ingresos, por empleados, por unidad vendida…–. Sin embargo, puntualizó que para cumplir con el compromiso de limitar la subida de la temperatura global en menos de dos grados son necesarios objetivos absolutos. «Los que más incentivados estamos para adoptar este tipo de objetivos somos las grandes compañías, cotizadas en bolsa. Pero no está tan claro qué va a incentivar a la pequeña y mediana empresa a asumir este tipo de compromisos».

Por su parte, Juan Ramón Silva afirmó que las decisiones que se tomen en los próximos tres años condicionarán nuestras vidas para el resto del siglo. Silva también quiso recordar que la temperatura media ya ha subido más de un grado y que la posible bajada de la productividad que podría originar el cambio climático tendría un impacto significativo sobre el crecimiento económico. Los ciudadanos sufren los efectos, pero no los vinculan a las causas. Ni tampoco parecen preocuparse por la incertidumbre regulatoria existente. Y es que el problema es sistémico. «El cambio climático obedece a un conjunto de causas que se retroalimentan. No puede abordarse como si se tratara de una sola», remarcó.

El desarrollo tecnológico permite conciliar la lucha contra el cambio climático con el impulso al crecimiento económico. Y en España existen buenos ejemplos de empresas que están haciendo de esta batalla una oportunidad, como las que lideran el desarrollo de fuentes de energía renovable, las que fomentan el desarrollo de instrumentos financieros innovadores -como los bonos verdes- o las líderes en el desarrollo de tecnologías smart. Álvaro Polo opina que las grandes compañías españolas deben ser cabeza tractora del cambio, ya sea por propia convicción, ya sea por presión derivada de la regulación o de los inversores. Quizá el objetivo sea extender esta preocupación por todo el tejido empresarial, haciéndola llegar a las pymes. «Si éste es un reto para la mayoría de países, en España, dado el número de pymes, es más importante todavía».

Polo considera que uno de los pilares más relevantes para lograr un ecosistema empresarial sostenible debería abarcar el ámbito legal, debido a la necesidad de establecer un marco regulatorio transparente que introduzca incentivos para ese cambio. Otro sería el empresarial, o de la iniciativa privada, para desarrollar el conocimiento y el interés de las compañías por las nuevas oportunidades, superando resistencias internas e inercias organizativas. De igual modo, resulta determinante el aspecto financiero, ya que es clave que exista crédito y financiación para estas iniciativas. En este sentido, el socio de Estrategia de Accenture asevera que hay oportunidades reales para la economía baja en carbono que están obligadas a demostrar su viabilidad económica, que conviven con oportunidades incipientes y que para desarrollarse requieren subvenciones o apoyo público.

Al margen de la importancia de establecer un marco de estabilidad, confianza y regularidad para superar sobresaltos –como el del cambio de posición del gobierno estadounidense–, Polo señaló que hay soluciones tecnológicamente factibles y económicamente viables que están posibilitando que empresas españolas también lideren el desarrollo de una economía baja en carbono.

Principales riesgos

Muchos sectores, como el agrícola o el turístico, podrían verse seriamente afectados por los efectos directos del cambio climático. En cualquier caso, los principales riesgos vendrían de realizar inversiones de largo plazo equivocadas si no se internaliza el concepto en su sentido más amplio. Eduardo González admitió que algunas grandes empresas ya lo están teniendo en cuenta a la hora de tomar decisiones estratégicas y expuso que «habría que bajar esa visión a las pymes». Por otro lado, recordó que aún está pendiente el desarrollo de una Ley de Cambio Climático y Transición Energética que traslade los retos del Acuerdo de París y del marco europeo a la legislación española. «Estamos, por tanto, en un momento importante para dotarnos de un instrumento esencial que guiará el desarrollo sostenible en nuestro país», apostilló.

Por su parte, Valentín Porta reveló que el auge de la economía colaborativa puede ayudar a afrontar esta batalla. Máxime, en industrias como la del transporte, en la que el principal recurso consumido es el combustible. «Si a través de la economía colaborativa se reduce el consumo de combustible estaremos contribuyendo de manera determinante a la lucha contra el cambio climático». De forma paralela, destacó que «hay que consumir menos recursos cada vez más sostenibles».

Porta también aprovechó su intervención para advertir de que queda mucha tecnología por desarrollar para hacer frente a esta batalla y de que estos desarrollos requieren inversiones significativas –sobre todo en Investigación y Desarrollo–. El cofundador de Going Green insistió en que «la lucha contra el cambio climático es una oportunidad que generará riqueza, especialmente en los países con mayor capital innovador».

Negar la veracidad del cambio climático equivale a decir que fumar no aumenta el riesgo de cáncer. Pero pese a la evidencia científica de sus efectos, el debate en torno a su certeza continúa vigente. Por ello, «se necesita una sociedad bien informada que acepte bien la transición hacia otros modelos tecnológicos y energéticos; y que los pida». Jesús Fidel González subrayó que las temperaturas subirán, globalmente, entre 1,5 y 4,5 grados a finales de siglo con respecto a las que había a finales del siglo XIX. E hizo hincapié en que «es el momento de tomar las decisiones sobre emisiones de carbón, ya que las consecuencias del aumento de gases de efecto invernadero permanecen durante un largo tiempo, por lo que dentro de unas décadas no tendremos margen de maniobra para no estar en la franja alta de ese intervalo».

Precio del dióxido de carbono

El precio del dióxido de carbono traslada el principio de «quien contamina paga» de forma eficaz a todas las decisiones empresariales. En la UE existe un mercado de dióxido de carbono, funcionando desde 2005, en el que operan las instalaciones que están en el régimen de comercio de derechos de emisión o ETS. Sin embargo, aquellos sectores que exportan productos fuera de la UE pueden verse afectados por un sobrecoste que les deja en desventaja frente a productos fabricados en países sin este mecanismo, por lo que «se asignan derechos gratuitos para minimizar este efecto y evitar deslocalizaciones en sectores sensibles por «carbón leakage»». González corroboró que un mercado de derechos universal eliminaría este inconveniente. Por ello, éste debe ser un objetivo a largo plazo. «Muchos países ya están creando mercados de carbono, aunque operan independientemente con precios diferentes. Sería otro gran reto para avanzar globalmente en la lucha contra el cambio climático».

Fuente: La Razón

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