La desigualdad es causa y consecuencia del cambio climático

“El hambre es la falta de lluvia”, dijo un granjero mozambiqueño. Adelson Macuacua vive cerca de la aldea de Mapai, en las márgenes del cauce seco del río Chefu, Mozambique. Para él y para su comunidad el cultivo de maíz es la supervivencia. Y el rudimentario silo donde almacena el grano es el futuro, que aquí rara vez va más allá de lo cercano. Si no llueve, no hay cosecha. Si llueve torrencialmente, se pierde la cosecha. No hay modo de contener un río africano cuando decide desbordarse, ni tampoco de evitar las consecuencias. Sobretodo no lo hay cuando no existen infraestructuras de contención o canalización, ni defensas, ni refugios, ni seguros ante riesgos climáticos, ni protección social ninguna, ni alternativas. En las regiones semiáridas de África las sequías son cada vez más largas y severas. Las lluvias torrenciales, cada vez más impredecibles y virulentas.

El ochenta por ciento de la población que padece hambre en el mundo —según Naciones Unidas, unos ochocientos millones de personas— son pequeños productores agrarios. Ellos son los más vulnerables a los impactos del cambio climático, junto con lascomunidades costeras de territorios al borde de la desaparición por incremento del nivel del mar. La mayoría de las personas de los países desarrollados conoce algún sistema de protección social, pero a nivel global solo el veinte por ciento de la población está protegida. En los países más pobres, menos del cinco por ciento. En contextos de vulnerabilidad, los impactos climáticos fácilmente derivan en pérdidas irreparables, en crisis alimentarias o en desplazamientos forzosos.

 

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