Empieza el camino hacia el futuro: es necesario frenar el cambio climático

Hace frío fuera, llueve en el norte de España y nieva en las montañas. El recurso de los telediarios tradicional de los cambios de estación por fin se normaliza. La mayoría de la gente, aliviada, responde a los reporteros que no les molesta el frío, que es el que corresponde al mes de enero. Pero no hace mucho la consciencia de los cambios de temperatura, de la frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos, o los desfases estacionales no se percibían como una tendencia, sino como una anomalía puntual. Ahora, más en broma o más en serio, ya es común escuchar en los ascensores eso del “cambio climático”.

El 2015 se despidió con, posiblemente, el acuerdo sobre la materia más importante a nivel internacional que la historia ha conocido. Antes, la Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro en 1992 había marcado en la agenda internacional la importancia del medio ambiente. Por aquel entonces, hace ya más de dos décadas, que para el ser humano es bastante, pero para el planeta no es nada, no se reconocía de manera global la trascendencia de la acción de las personas sobre la Tierra. Después de Río, se celebraron más cumbres, se dijeron más discursos y se acordaron bastantes buenas intenciones. En muchos casos, se quedaron en eso. No resulta fácil poner de acuerdo a los casi 200 países que existen sobre un tema que parece tan abstracto, tan global, tan colectivo. Es difícil convencer a los países emergentes de que no pueden adoptar el mismo modelo de desarrollo que los Estados postmodernos, porque si depende su crecimiento de la misma manera en la energía basada en los recursos fósiles, el mundo no aguantará. ¿Es legítimo exigirles que desarrollen otro modelo económico, aunque no les haga crecer ni tanto ni tan rápido como a los que gobernaron el siglo XX? En el Protocolo de Kyoto de 1997 se acordó que 37 países industrializados redujeran sus emisiones una media del 5% respecto a los niveles de 1990 en el período de 2008 a 2012, mientras que para los países en desarrollo no se establecieron objetivos de reducción de emisiones. Además, Kyoto fijaba unas obligaciones relativas, maleables, sin posibilidad de exigir el cumplimiento de manera efectiva. Los mecanismos de flexibilidad permitían negociar con las emisiones agravando así más las diferencias internacionales…

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